¿Tú también tienes a un perro que odia que lo sequen? ¿Un perro que refunfuña o se agita si tan solo intentas frotarlo con una toalla?
Hace unos años, sin pensar demasiado en ello, casi por azar diría yo, el Anciano y yo encontramos la manera de afrontar una manipulación que él siempre había detestado.
Siempre ha sido un poco “salvaje”, y yo también lo soy, así que nunca lo he molestado con peinarlo, bañarlo o limpiarle las patitas tras volver embarrado de un paseo por el bosque. En general, pues, siempre ha sido de los que se asean solos, incluso limpiándose con cierta precisión.
El problema surgía en invierno, cuando volvíamos de nuestros paseos por el bosque, aquellos días en los que llovía mucho.
Mi perro no era tan rústico como para quedarse mojado de agua helada, así que esa era una de las pocas situaciones en las que insistía en que me dejara secarlo adecuadamente.
Intentaba hacerlo suavemente, poquito a poco, pero, aun así, estaba clarísimo que él lo odiaba.
Un día me dije: vale, si no quieres que te frote yo, hazlo tú mismo.
Así que, de forma algo casual, creamos nuestro sistema de secado superganador.
En el patio, antes de entrar en casa y justo delante de la puerta principal, iba colocando un par de toallas de baño, de esas grandes. Dialì se acercaba a la puerta porque quería entrar y se quedaba esperando a que le abriera, por lo que la posición ya era la correcta: quieto sobre las toallas. No había hecho nada en absoluto para conseguirlo, ni siquiera le había pedido que se pusiera sobre las toallas, porque las toallas ya se encontraban en el lugar correcto, donde él se colocaba antes de entrar.
A menudo, si tardaba en abrirle la puerta, él se sentaba o se tumbaba delante de ella. Si vives con un perro, sabes que es algo muy natural para él sacudirse el agua de encima, incluso revolcándose y frotándose la espalda en el suelo. Y eso es exactamente lo que ocurría.
Había toallas en el lugar adecuado, un perro mojado en el lugar adecuado y un comportamiento que surgía de forma natural, sin que nadie tuviera que pedírselo.
A fuerza de repetirlo se convirtió en una auténtica rutina, de modo que, en cuanto Dialì veía que yo dejaba las toallas en el suelo, corría a revolcarse en ellas, aunque ya no estuvieran delante de la puerta, porque nunca le gustó que lo secaran, pero quedarse mojado y frío tampoco era una opción satisfactoria para él.
De esa manera llegamos a un punto en el que, si no se revolcaba lo suficiente y se quedaba mojado, yo simplemente demoraba en abrirle la puerta y le pedía “venga, sécate bien”, por lo que él volvía a frotarse una y otra vez. En fin, a fuerza de repetirlo, “sécate bien” se convirtió en nuestra señal, algo que expresaba exactamente lo que yo quería de él, y él me complacía con ganas.

¿Cuál sería la moraleja?
Colaborar siempre es la mejor opción y debería hacerse siempre que sea posible.
Hay muchas formas de llegar a donde tenemos que llegar, respetando al individuo que tenemos enfrente. Si somos algo creativos, si mantenemos la mente abierta y buscamos una solución que funcione para ambos, casi seguro que la encontraremos.
Por supuesto, podemos enseñar al perro a que deje que lo sequemos. Personalmente, siempre que sea posible, intento darles a mis perros, y a los perros con los que trabajo, la oportunidad de elegir la mejor solución para ellos y, a menudo, la solución que prefieren es la que mejor les permite hacerlo por ellos mismos.
Hay muchas cosas que podemos enseñar a un perro para que, en la medida de lo posible, las haga por sí mismo: limarse las uñas en una tabla, limpiarse las patas embarradas al volver de un paseo, ponerse un bozal, abrir la boca y mantenerla abierta, tomar pastillas, etc.
