” Por aquel entonces, lo normal era: bozal o sedación”.
Antes de conocer a Stefania no sabía lo que era el Adiestramiento Colaborativo, no tenía ni idea de que existía un tipo de entrenamiento para que los animales pudieran sentirse mejor durante las revisiones veterinarias y otras manipulaciones, e incluso para enseñarles a colaborar.
Francesca, una amiga y compañera, me había dicho que había asistido a una presentación de Stefania Buonarota en la que la ponente explicaba que no solo era posible enseñar a los perros (y a otros animales) a colaborar durante las revisiones, sino que se podía convertirlos en parte activa del procedimiento. Le pedí más información, quería entender mejor de qué se trataba, y le pregunté: “¿entonces, le voy a enseñar al perro a quedarse quieto mientras lo revisan?”. Francesca me explicó que no, que no es exactamente así, y que, de hecho, el perro tiene la posibilidad de dar, o no, su consentimiento a que se realice el procedimiento, y que está libre de gestionar los tiempos y las pausas.
En los días siguientes me lo estuve pensando; me acordé de un libro que leí hace tiempo que hablaba de un estudio científico realizado con perros de familia que se sometían a resonancias magnéticas estando despiertos y sin necesidad de inmovilizarlos: con un adiestramiento realizado ad hoc, se les había enseñado lo que les fuera a ocurrir en cada fase del procedimiento y todos los perros se mostraron encantados de colaborar en el proyecto y lo hicieron con excelentes resultados, permaneciendo inmóviles en la máquina durante mucho tiempo, sin estrés y perfectamente a gusto. Este recuerdo hizo que lo que Francesca me había contado sobre el Adiestramiento Colaborativo cobrara aún más sentido.
Empecé a pensar en ello, estaba intrigada: ¿qué bueno sería que los animales pudieran afrontar mejor estos momentos, que además son inevitables para su bienestar físico?
Ahora os voy a contar algo sobre mi perro, Keplero (¡Keplo, para los amigos!). Keplo fue encontrado, ya adulto, en un pequeño pueblo de los Abruzos y es probable que nunca hubiera sido sometido a ninguna manipulación ni revisión antes de conocerme y, por tanto, no estaba acostumbrado, no solo a los procedimientos, sino tampoco al olor de las consultas veterinarias.
Por este motivo, Keplo desconfió de los veterinarios desde el principio; cuanto más avanzábamos, más se convencía de que ir al veterinario era algo que no quería hacer en absoluto: dejarse tocar por ellos era una mala idea, ya que normalmente eso implicaba que utilizaran objetos extraños, recibir picaduras y que lo tocaran en partes del cuerpo en las que no le gustaba que lo hicieran. ¿Cómo podemos culparle?
¿Cómo explicarle a un perro que ese procedimiento era necesario para que pudiera estar bien?
Debido al malestar emocional que experimentaba durante las revisiones, el estado de ánimo de Keplo se traducía en el intento de morder a los veterinarios; además del estrés que llevábamos encima todo el día, cada revisión se convertía en una pesadilla para él, para mí y para los que intentaban revisarlo;
por aquel entonces, lo normal era: bozal o sedación.
Ahora os voy a contar algo sobre mí: además de ser la propietaria de Keplo, también soy educadora canina. Precisamente por este motivo, empezó a gustarme aún más la idea del Adiestramiento Colaborativo:
más allá de mis motivos personales acerca de cómo ayudar a mi perro, pensé en lo bonito que sería implicar a otras personas en este proceso, y así poder ayudar a otros perros a sentirse bien durante las manipulaciones, difundiendo lo más posible esta nueva perspectiva de colaboración con el paciente.
Con gran entusiasmo me apunté al curso; la primera clase fue una revelación: Stefania nos explicó qué íbamos a trabajar, cómo, y nos presentó un programa estructurado en el más mínimo detalle, pero al mismo tiempo adaptable a las necesidades y a los tiempos de cada perro.
Su presentación me dejó enganchada; nos explicó dónde se aplica el Adiestramiento Colaborativo (no solo con los animales de compañía, sino también en los zoológicos), y todo iba cobrando sentido: claro, ¿cómo hacen, en los zoológicos, pruebas rutinarias en animales de grandes dimensiones? No es posible sedarlos cada vez que hay que realizar una prueba y sería poco realista pensar en ponerle un bozal a un tigre o a un león.
Lo más sensato es buscar la colaboración del paciente.
Estaba deseando empezar la práctica; por otro lado, pensaba, ya estoy acostumbrada a entrenar con mi perro, siempre hemos hecho actividades juntos y no creo que vaya a ser muy diferente del entrenamiento para enseñarle algunos trucos de Dog Dance.
¡¡¡¡Qué equivocada estaba!!!!
Ante todo, tuve que replantearme por completo mi forma de entrenar al perro; no se trata de una preparación orientada a la velocidad de ejecución de los ejercicios, sino todo lo contrario: enseñamos al perro a mantener la misma posición durante un determinado periodo de tiempo.
Aunque estaba algo desconcertada, mi perro me sorprendió una vez más y, tras un periodo inicial de habituación a los nuevos ejercicios, todo se volvió fluido, como si él comprendiera perfectamente lo que íbamos a hacer.
La paciencia de Stefania fue decisiva, me dio las indicaciones adecuadas para que Keplo se sintiera aún más cómodo, me mostró las sutilezas que marcarían la diferencia y entonces, de la nada, me encontré con un perro que quería entrenar todas las noches, que me pedía que me levantara del sofá porque este nuevo juego era demasiado divertido para no jugarlo a todas horas.
El entrenamiento, más allá de su utilidad para conseguir el resultado, se ha convertido en un motivo para realizar actividades divertidas, para compartir un momento del día que es todo nuestro, para divertirnos juntos.
Durante el periodo inicial de nuestro entrenamiento en Adiestramiento Colaborativo, ocurrió que Keplo tuvo que hacer unas pruebas que habría que repetir mensualmente. Empecé a inquietarme: no podía pedirle que le tomaran una muestra de sangre en la nueva forma en la que estábamos entrenando: aún no teníamos un comportamiento completo y corría el riesgo de adelantarme demasiado echando a perder el trabajo que estábamos haciendo.
Por tanto, decidí no pedirle nada a Keplo y manejar las revisiones a la “antigua usanza”, hasta que estuviera preparado.
Fuimos a la consulta y nos atendió una veterinaria que no conocíamos; la avisé, le dije que probablemente habría sido necesario ponerle bozal para hacer las pruebas. La veterinaria me dice que “ya veremos”, que se lo pondríamos si fuera necesario.
Ya me estaba figurando el típico combate grecorromano en el que inmovilizo al perro, como si fuera un león en la arena, pero, en cambio, ocurrió algo inesperado:
Keplo aceptó ser examinado, dejo que la doctora lo tocara y también que le sacara una muestra de sangre.
Me quedé atónita: ¡¿cómo era posible?! Si ni siquiera le había pedido que aplicara algo de lo que estábamos trabajando, ¡¿cómo es que lo había entendido?!
Sin embargo, sucedió: su estado de ánimo era completamente diferente, su nivel de estrés, después de la revisión, mucho menor. Salí de la consulta medio aturdida por lo que acababa de ocurrir: sabía que era un trabajo útil, ¡pero no hasta este punto!
Tuve la confirmación de que, efectivamente, íbamos por buen camino.
Seguimos haciendo las revisiones, el estado de ánimo de Keplo está cada vez más relajado y permite cosas con las que antes ni me habría soñado: tomas de muestras, manipulaciones, ecografías.
Estoy muy feliz, no solo porque tengo la confirmación de que estamos trabajando bien (¡puedo ver los resultados!), sino sobre todo porque mi perro se siente mejor en esas circunstancias que antes solo eran motivo de estrés.
Aún nos queda mucho camino por recorrer, ¡pero estamos encantados de hacerlo! Yo estoy contenta de que Keplo se sienta mejor, y él siempre tiene ganas de entrenar.
Tuve la suerte de encontrarme con una docente muy preparada, no solo en este tema, sino en toda la lectura del perro, una docente que supo guiarnos a nuestro ritmo, con total respeto a las necesidades del perro y a las mías.
En todo momento tuve la sensación de que me llevaban de la mano, me formaban al ritmo más adecuado, me ponían en la mejor condición para aprender.
No se trata solo de enseñar al perro un comportamiento, sino de aprender a leer su estado de ánimo, a prestar atención a cualquier señal que indique estrés, a aprender a parar en el momento adecuado, a ganarse su confianza y a crear colaboración.
Cuando Keplo me dice que esa manipulación es demasiado para él, yo paro; cuando me pide tiempo, le dejo tiempo; cuando me dice que podemos retomar el trabajo, entonces empezamos de nuevo.
Creo que todo esto nos ha hecho ser una pareja aún más unida, no solo en las visitas al veterinario, sino en la vida: me gustaría ser la propietaria ideal para Keplo, alguien con quien pueda convivir a gusto, alguien en quien pueda confiar y en quien pueda apoyarse, y este entrenamiento también nos ayuda en ello.
