16 de marzo 2022
“Buscaba apoyo para vivir en armonía con mi perra, por el tiempo que aún nos quedaba”.
En el Facebook me topé con un curso teórico-práctico para perros y propietarios que estaba a punto de comenzar.
Plazas limitadas. Porque el curso estaba hecho como un traje, a medida por cada binomio.
Unos pocos participantes a los que seguir paso a paso, cada uno cargando con una mochila de experiencias diferentes y con su propia individualidad.
Inmediatamente decidí pedirle información a la organizadora del curso, Stefania Buonarota. La misma educadora canina que seis años antes, sin saberlo, aportó un valor añadido a la relación entre mi perra Nena y yo.
Estaba buscando apoyo para vivir en armonía con mi perra por el tiempo que aún nos quedaba. A Nena le habían diagnosticado un osteosarcoma en el tabique nasal y aquel día le prometí que haría todo lo posible para que pudiera vivir serenamente lo que le quedaba de vida. Quería protegerla y evitarle todo el estrés posible, tanto en las visitas al veterinario y, sobre todo, en los tratamientos diarios. Este aspecto de su enfermedad era algo que al principio ni se me había ocurrido: descubrí más tarde cuánto le “costaba”.
Cuando leí lo del Adiestramiento Colaborativo, habían pasado unos cuatro meses desde el diagnóstico, el tumor estaba creciendo y empezaban los primeros síntomas “externos”, por lo que diariamente, y hasta varias veces al día, había el momento de la “limpieza”, que consistía, en el peor de los casos, en succionarle con una jeringuilla el exceso de líquidos. Estos tratamientos los realizaba yo misma, en casa, para evitarle en la medida de lo posible la experiencia del veterinario.
Aunque Nena estaba acostumbrada a ser manipulada desde que era muy pequeña y lo toleraba en muchas situaciones diferentes, esta “rutina diaria” había empezado a afectarla.
Reflexioné sobre el hecho de que, antes de la enfermedad, Nena tenía su propia forma de tolerar determinadas situaciones y luego siempre conseguía recuperarse.
Se desahogaba, compensaba y recuperaba.
Sin embargo, la enfermedad había comprometido sus posibilidades físicas de “desahogarse, compensar y recuperarse”: de hecho, los paseos tenían que ser cortos porque olfatear le provocaba hemorragias, encontrarse con otros perros era como ir a la guerra así que no era una opción, las actividades deportivas quedaban excluidas, ya no podía utilizar la boca con tanta intensidad como para darle satisfacción, por lo que ya hace tiempo había dejado de “matar” pelotas de tenis.
En resumen, le habían quedado muy pocas cosas de las que disfrutar. De 100 cosas, solo 4 (paseos cortos, mimos, comida, confort).

Por eso me temía que su tolerancia tuviera un límite y que no habría tardado en superarlo. Nena era una perra con cierto temperamento, intensa en sus emociones y en su fisicidad. Y cuando se sobrepasaban ciertos límites, no dudaba en exteriorizar con agresividad los motivos de su polémica. Obligarla a hacer algo, aunque fuera algo útil para ella, generaba en mí/nosotras un conflicto. Tampoco quería que el miedo (mutuo) se interpusiera entre nosotras. Ella no debería sentir miedo de lo que yo le hiciera y, al mismo tiempo, yo no quería acabar teniendo miedo de sus reacciones.
Y el curso de Adiestramiento Colaborativo nos permitió experimentar con una perspectiva diferente los cambios impuestos por la enfermedad. Aprendimos a cooperar en los cuidados diarios.
Al principio, los comportamientos colaborativos eran sobre todo el apoyar el mentón sobre la mano para limpiarle el hocico y el sentarse entre mis piernas para tragar medicinas amargas.
Las gasas ya no eras una amenaza, sino una “actividad” para hacer juntas.
Los ejercicios que hacíamos eran una oportunidad para hacer algo juntas y conocernos mejor en este “nuevo contexto”.
Aprendió que no estaba allí para someterse, sino que se la escuchaba e incluso daba su consentimiento con entusiasmo, ¡¡¡¡volvía a tener el control de las situaciones!!!! ¡¡La ‘Controladora’ había vuelto!!
A medida que continuaba con el adiestramiento, tuve dudas sobre si lo que estábamos haciendo era realmente colaborar o más bien un adiestramiento en el que “lo hago bien para que me den el premio”.
Nena estaba acostumbrada a trabajar con clicker y en aquel momento se sentía aún más atraída por la comida debido, sin duda, a la cortisona, pero también por aburrimiento.
Todo su día giraba en torno a la comida. La bolsa del pan, la puerta de la nevera eran pretextos para “hacer algo=comer”.
Así que no quería que considerara nuestras sesiones de entrenamiento como una forma de aprender un truco para conseguir comida. Era necesario que estuviera concentrada.
Y en esto solo puede ayudarte una buena profesora.
Tuve la confirmación de cuánta confianza inculcaron a Nena esos ejercicios cuando, durante una revisión veterinaria, Nena propuso espontáneamente la señal de colaboración (el mentón sobre la mano) a la doctora que estaba a punto de succionarle líquido con la jeringuilla.
Había adquirido una herramienta para enfrentarse a una situación que “le había parecido reconocer”, la había puesto en contexto, ¡y la utilizaba!
El Adiestramiento Colaborativo ayuda a perros y propietarios no solo con las “incómodas” tareas diarias, sino también con los cambios que inevitablemente conllevan las enfermedades o la vejez.
De hecho, también me ayudó en los meses siguientes, porque Nena tuvo que someterse a una traqueotomía, ya que sus vías respiratorias estaban obstruidas, y esta operación la obligó a cambiar sus hábitos, una vez más.
Esta vez se trataba de limpiarle la herida que queda abierta cuando se realiza una traqueotomía y, sobre todo, del descanso.
Las posturas que Nena adoptaba habitualmente para dormir y relajarse obstruían el paso del aire por la tráquea, por lo que tuvo que adaptarse a nuevas posturas que le permitieran respirar.
Los animales (incluidos nosotros) tenemos, quien más y quien menos, cierta capacidad de adaptación, pero esa no siempre supone alcanzar cierta satisfacción. En este caso, quería que Nena se sintiera satisfecha de todas formas.
Las “posturas viables” eran: “tumbada panza arriba”, “tumbada boca abajo”, pero directamente en el suelo, sin poder poner ni un trapo por debajo, o “boca abajo, pero con la cabeza y el cuello levantados” (para mi primera perra, una bulldog inglesa, era normal adoptar estas posturas, respiraba mejor, pero Nena tuvo que acostumbrarse a ellas, le encantaba tumbarse de lado o acurrucarse como una rosquilla, cosa que ya no podía hacer porque se le cerraba la herida de la tráquea y entraba en apnea).
Además, de vez en cuando había que hacerle cambiar de posición para no sobrecargar su columna. Para eso, introducimos sesiones de acupuntura que la ayudaban a fluidificar los fluidos y le beneficiaban a nivel de la columna.
Esta mayor autonomía y la ausencia de dolor la ayudaron a sentirse bien, a estar mejor.
Así pues, a lo largo del curso de Adiestramiento Colaborativo introdujimos nuevos comportamientos cooperativos, adaptados a este “nuevo contexto”. Entre ellos “las patas delanteras en la tabla” para las sesiones de acupuntura, mientras que para hacer que “descansara panza arriba” introdujimos como señal dos almohadas detrás de ella, en cuyo centro Nena se tumbaba (la señal era algo como “¿te cojo? ¿así te tumbas panza arriba?). Si era un sí, Nena levantaba las patas delanteras estando sentada (estilo osito) y me dejaba cogerla (este comportamiento lo empezamos a hacer espontáneamente, las almohadas se introdujeron como señal de petición).
Los “entrenamientos” no solo fueron una actividad gratificante para Nena, sino que nos permitieron crear una relación en la que ambas nos sentíamos seguras, en la que confiábamos la una en la otra.
Cuando respetas a tu perro, no lo coges de la nada y lo pones panza arriba. No lo regañas si no puede quedarse quieto cinco minutos para permitir que el médico lo manipule (encima no por delante, sino desde atrás) para insertarle las agujas para la terapia.
Cuando quieres respetar a tu perro, aprendes a pedir. El Adiestramiento Colaborativo también ayuda en eso.
Y a los propietarios, a los buenos, les ofrece la certeza de que cuando piden a su perro que haga un esfuerzo, él es consciente de ello y si cumple es porque ha accedido libremente a hacerlo. Sabe que no se está sometiendo a ti. Que no lo hace porque tenga miedo de las consecuencias de su negativa o porque no tenga elección. Sino porque sabe lo que hace, sabe que puede hacerlo, que se le da bien y que lo hace contigo. No por ti.
Hasta conseguimos tener una sesión de acupuntura de forma colaborativa, ¡Nena, yo y el médico! Y verla tan segura de sí misma en esa consulta veterinaria ¡fue la mayor alegría para mí!
Creo que cualquier persona que conviva con un perro debería informarse sobre Adiestramiento Colaborativo, y frecuentar por lo menos un curso básico con un profesional.
Los perros que hemos elegido incluir en nuestras vidas y que, por tanto, nunca deberían “sufrir” viviendo con nosotros, se lo merecen.
Gracias Stefania
Giorgia&Nena
