Historia de Ciak, según las palabras de Wally.

2 de junio de 2022

Hace unos días, Ciak tenía una garrapata en la ingle.

Estamos hablando de un cabezón anárquico de 35 kg disfrazado de golden retriever, pero con sangre (¡y temperamento!) de pastor alemán y con todo tipo de perros cazadores entre sus antepasados.

Hace un año, una cosa tan ordinaria y corriente como quitarle una garrapata habría sido un gran problema para mí, y me habría sumido en una profunda crisis, tanto si hubiera tenido que hacerlo yo misma, como si le hubiera pedido al veterinario que lo hiciera, porque mi perro nunca habría dejado que lo manipularan.


Estamos hablando de un perro ex callejero y ex maltratado cuya regla de vida es “me doblo-pero-no-me rompo”.

Un perro al que, incluso en urgencias, todo el mundo se niega a revisar si no está presente el anestesista.

Un perro al que algunos médicos ni siquiera se han atrevido a dar aquellas caricias que tan intensamente pedía.

Un perro que, cuando le dije a su (ex) veterinaria -la que fue mi veterinaria de confianza durante 25 años…. – que por una vez quería intentar no sedarlo, pues, esta se esfumó para siempre.

Un perro que, las veces que lo sedaron, tres de nosotros tuvimos que sujetarlo, para luego tener que esperar dos horas (120 minutos) hasta que los sedantes pudiesen con su instinto de quedarse alerta.

Un perro que, la única vez que tuvieron que hacerle una radiografía de urgencia (por cierto, sin conseguirlo) cinco personas intentaron sujetarlo y él consiguió soltarse, quitarse el bozal y darle a una de ellas, con sus dientes, una buena paliza en el brazo.

Un perro, en fin, al que una veterinaria describió como que “había que atarlo al radiador para poder examinarlo”.


Trasladen esta “animada reticencia” a la manipulación en general, teniendo en cuenta que conmigo no manifiesta las mismas dinámicas, pero mantiene la misma tenacidad, y podrán comprender por qué tan solo quitarle una garrapata de encima habría sido un gran problema, incluso en un punto mucho menos complicado que la ingle.


Todavía estamos al principio de nuestro viaje en el increíble mundo de los cuidados cooperativos, pero él, el mismísimo, se subió solo al sofá, a petición mía se puso en la posición de decúbito, en nuestra imperfecta pero funcional forma de hacer las cosas, me dejó levantarle la pata, examinar la garrapata, cortar el pelo largo y grueso que la rodeaba, manipularla con las pinzas;

luego, como soy torpe, la garrapata volvió a caer sobre su grueso pelaje y tuve que volver a atraparla con un Kleenex, empapé la gasa en ese alcohol apestoso, lo que le hizo levantar la cabeza e incluso una ceja en señal de desacuerdo, pero luego, tras haber examinado la gasa, decidió confiar en mí, volvió a echarse de lado tranquilamente e incluso me dejó desinfectarle después.

Todo ello, única y exclusivamente bajo su total asertividad y colaboración, sin forzar, sin coaccionar.

Hablo de él eh, siempre el de arriba, el del radiador, el que antes apenas se dejaba peinar, y ni siquiera en todo el cuerpo.


Todo esto, todo este “hacer” impensable, tan fácil como si tuviera un perro normal, es el resultado de la enseñanza de Stefania, de su habilidad, de su extraordinaria competencia, de su paciencia, de su precisión y de la atención con la que sigue a cada uno de sus binomios hasta en el más mínimo detalle.

Ciak colabora durante una revisión veterinaria

Me gustaría añadir que, hace unos meses, es decir muy poco tiempo después de empezar el curso, su (nueva) veterinaria pudo auscultarle tranquilamente el corazón en la consulta durante una improvisada, pero necesaria, sesión de cuidados cooperativos.

Sí, otra vez él, el del radiador.